La
regulación emocional es la capacidad para manejar las emociones de forma
apropiada. Supone tomar conciencia de la relación entre emoción, cognición y
comportamiento; tener buenas estrategias de afrontamiento, capacidad para
autogenerarse emociones positivas, etc.
Las
habilidades de la regulación emocional se forman des de nuestra infancia como
elementos basados muy fundamentales que supondrán el motor del desarrollo de
una propia y compleja regulación en el comportamiento y en la cognición en
etapas posteriores de nuestro desarrollo.
Una
investigación de Calkins, Gill, Johnson y Smith, (1999) concluye que la
reactividad emocional y la regulación emocional permiten predecir dos comportamientos sociales claves en niños de
dos años: la cooperación y el conflicto. Esto demuestra la importancia de la
regulación emocional como prerrequisito para el desarrollo de diversas
conductas socialmente relevantes.
En adultos,
la regulación emocional ha sido asociada a un mayor bienestar, particularmente
las estrategias focalizadas en el antecedente. Lo que resulta necesario es la
distinción entre la emoción y la acción resultante o consecuente de una emoción
intensa. La regulación emocional nos
permitirá controlar los impulsos, canalizar las emociones desagradables,
tolerar la frustración y saber esperar las gratificaciones (Renom, 2007).
Aunque el proceso de regulación no cambiará totalmente la emoción, sí
que nos permitirá introducir algunos cambios en cuanto a la duración e
intensidad de la misma, ya que poder llegar a regular las emociones requiere de
un gran trabajo personal y responsabilidad. En concreto, se ha confirmado que
altas habilidades de regulación se encuentran vinculadas con una mejor calidad
en las relaciones sociales y bienestar subjetivo.

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